Una mancha

En el silencio de la noche, la tenue luz de una lamparita alumbra una mancha en la pared, la vigila.
Nunca había necesitado luz para dormir salvo en las justificadas ocasiones de la infancia y también cuando sufrió aquella gripe tan malísima que lo postró semanas en la cama. Era como si la luz llenara aquel vacío de soledad y paliase sus dolores. Ahora, después de tantos años, seguía solo, siempre lo había estado de hecho.
Los primeros que la vieron fueron los vecinos de la primera planta.. Esto lo recuerda muy bien porque llegó el primero de los muchos recibos comunitarios en los que aparecerían detalladas las facturas de albañilería. Un despilfarro a todas luces porque la mancha visitó a casi toda la comunidad. Desaparecía, pero continuaba su viaje subiendo por todas las plantas. Lo hacía de una en una; salía y se iba en menos de cuarenta y ocho horas, después subía siguiendo una lógica únicamente temporal pues físicamente no la tenía. Las manchas ,sí son de agua, siempre bajan, como mucho se expanden a lo largo, pero ésta subía desafiando cualquier lógica física hasta que llegó a su casa. Allí se detuvo, como si hubiese alcanzado su meta, como si la pared de su habitación la hubiese estado esperando. Allí estaba y allí parecía que se quiso instalar definitivamente. Al principio, la comunidad lo cubrió todo, esa es la verdad: fontaneros, albañiles, peritos, pero nadie fue capaz de resolver el enigma de esa mancha que subió hasta un quinto piso y que allí se detuvo.
Después, los vecinos viendo que aquello parecía no resolverse jamás, decidieron poner pies en polvorosa y dejaron de tomar decisiones.
Los de abajo, suspiraban aliviados, sabedores de que el problema sólo subía y que ya no les iba a molestar más. Sólo los vecinos de los pisos superiores, seguían expectantes y un poco nerviosos por el devenir del asunto y es que no hay nada que desconcierte más que aquello que no tiene sentido. Así que, cuando se encontraban con él en el rellano de las escaleras, en el portal del edificio o paseando por el barrio, todos le preguntaban por ella, indagando ¿Cómo sigue?, ¿ha crecido? ¿ha menguado? ¿es más oscura o más clara?… Ese interés que todos mostramos hacia el prójimo cuando su desgracia puede salpicarnos, pero que pasado el tiempo, cuando todos nos sabemos a salvo, ya nadie se interesa por la desgracia ajena y nuestro interés toma otros rumbos. Así fue cómo la mancha dejó de ser un problema comunitario y pasó a ser un asunto personal. Era de él, le pertenecía como si fuera un miembro de su familia. Ya no había nada por lo que ellos deberían temer, ni ningún signo por el que debieran preocuparse. Además, nadie, ningún hijo de buen vecino, querria inmiscuirse en la vida de los otros.
Han pasado muchos meses de aquello. Ya nadie le pregunta por su mancha y él, que la vigila buscando todas las respuestas, comienza a pensar que ella es parte de su día a día y que ambos, él solitario y e
lla inexplicable, podrían convivir juntos en aquella estancia. Se podrían dar las buenas noches y hacerse compañía. Qué más podría hacer.

MarSela

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