Una mujer con zapatos rojos de tacón

UNA MUJER CON ZAPATOS ROJOS DE TACON
Fotos perdidas.
La ví llegar. Una mujer con zapatos rojos de tacón iba pincelando con calidez y sensualidad el frío y grisáceo asfalto.
Hubiera imaginado un precioso relato sobre aquel par de zapatos que sostenían a una mujer atrevida, segura de sí misma y hasta feliz en medio de esta jungla asfáltica, de no haber sido porque la perseguí con la mirada hasta aquel banco donde se dejó caer desparramada y aquella postura abatida fue la que barrió por completo mi primera impresión sobre ella. Esa de la que dicen que siempre es la que queda. Imaginé, que posiblemente arrastrara un duro día de trabajo, o que aquellos zapatos se estaban convirtiendo en una insoportable tortura como la que reflejaba la expresión contraída de su rostro, un rostro que me ofrecía una tristeza oscura, tan oscura y negra como la piel que lo cubría
¿Lloraba?, eso me pareció desde nuestra corta distancia. Sí, Tecleaba torpemente su móvil y lloraba. Pude apreciarlo por los pequeños espasmos que emanaban de su pecho y desde allí se extendían hacia sus hombros en una especie de danza rítmica y de incesantes sacudidas; tambien, por la amargura de la curva en sus carnosos labios; por la mirada implorante al azul del cielo buscando entre las nubes a algún Dios escondido que la aliviara del gran peso que sentía.
Me conmovió la ternura y el desasosiego con los que la ví mecerse a sí misma, intentando la mujer regresar a aquel momento perdido en que, aún siendo niña, fue calmada entre los brazos y las melodías de una madre.
Aquel alma necesitaba paz y alivio y yo, sabiéndolo, sentía el impulso de llegar hasta ella , de sentarme a su lado y de arroparla con mi abrazo. El mismo que pocas horas antes yo había necesitado y encontrado. Me solidaricé de algún modo con aquella mujer y me pregunté si ella tendría a alguien aquí, tan lejos de sus raíces, alguien que la sostuviera y que le aligerase aquella congoja.
(Siempre aflige e incomoda continuar el camino dejando atrás a alguien con el alma rota y el corazón encogido. Siempre.)
Por el contrario, no me moví del asiento. En algún momento, aquella desamparada y húmeda mirada se cruzó con la mía manteniéndose más de lo puramente convencional entre dos personas que no se conocen de nada. En algún momento, sentí de repente cómo la vergüenza me calentaba las mejillas ante la posibilidad de haber sido descubierta observándola, estudiando los infinitos contrastes de su piel negra con sus zapatos rojos, con sus lágrimas, con sus ropas de colores como ventanas abiertas al sol mientras yo hacía conjeturas sobre ella, una desconocida, en mi cabeza.
En algún momento sus ojos me hablaron con un filtro, con ese velo o coraza con el que nos vestimos al salir de casa para protegernos de las miradas ajenas. Comenzó a dejar de temblar y los músculos de su rostro se relajaron mientras me sostenía la mirada. Entendí su mensaje pensando con cuánta claridad puede hablarnos una simple mirada y su imagen no pudo más que fundirse en mi retina con el resto de la plaza, con el resto de los rostros que me rodeaban, más allá de la mujer de los zapatos rojos que necesitaba un abrazo y del relato que no pudo ser. Cientos de rostros con sus diminutos músculos que se tensaban y relajaban de distintas maneras. El reflejo del alma. Y me acordé de aquel libro de Anita Nair que me regalaron con tanto entusiasmo, pero que entonces yo leí con tan pobre interés, tal vez porque no fuera nuestro momento ( el del libro y el mío) , tal vez porque no había madurado yo lo suficiente para soportar todas las caras de mi corazón, ni mucho menos las de los demás corazones.
Los nueve sentimientos del ser humano: amor, desprecio, pena, furia, valor, miedo, disgusto, asombro y paz. Las nueve caras del corazón.

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